6 de julio de 2014
CALLE ONCE
Por Sofía Mares
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| Old city IV Aiman Bitar |
Me gusta caminar por la calle
Once. Es una calle provinciana exiliada en la ciudad, escondida entre comunes calles
urbanas.
Hay abundantes árboles de
mediana altura y diversos verdores; tupidas jardineras con flores multicolores
en las aceras y jardines cuidados con esmero en algunas casas. Los cinco
minutos que transcurren al hacer el breve recorrido por la calle Once son valiosos
minutos que me llenan de regocijo y me permiten empezar la jornada con una
actitud positiva.
Atisbos de un sol cautivo, compañero
inherente de la verdura de maizales provincianos, me señalan el camino que he
de seguir para llegar a mi destino, en medio del embeleso. Es una de esas
sensaciones simples que no es posible compartir con nadie. De esas experiencias
que solo se pueden percibir en solitario.
Un suave viento fresco
arrastra incluso el incomparable olor a leña con el que se calienta el desayuno
y se realizan algunas otras labores esenciales, propias de la cotidianeidad campestre
que, con embarazosa honestidad, no sabría nombrar. Pájaros trinando. Perros
ladrando. Un completo cuadro naturalista de sensaciones rurales.
Quisiera, pero no debo mirar
al cielo, para evitar toparme con la ingrata maraña de hilos electrificados que
delate a los intrusos habitantes del campo e interrumpa de tajo el
arrobamiento. Es una lástima. Mas puedo imaginar el contraste multi-verde/azul
celeste que podría ofrecer el horizonte, como en aquellos maizales.
Quién pensaría que una mañana
me encontraría con el desagradable anuncio: “los rosarios de Elenita se
llevarán acabo a las 7 de la noche”. Desagradable sí, porque no dejo de
percibir a la muerte como un fin indeseable y trágico. Murió doña Elenita, una
agradable anciana de esas que adoptan a cada adulto como hijo y a cada niño
como nieto.
Bueno, yo no conocí a doña
Elenita, pero supongo que, para anunciar sus rosarios, debió ser una persona
muy querida por sus vecinos. Todos hemos tenido a una “Elenita” por vecina, merecedora
de que a su muerte sea dolida su ausencia y se divulgue y concurra a los
servicios mortuorios.
Recorrer la calle Once no
siempre es reconfortante; en el trayecto vespertino no hay esa atmósfera de paz
y serenidad. En la tarde se convierte en un recorrido ordinario, sin la menor
importancia. O quizá sea que la rutina diaria a esa hora en particular me hace
perder la sensibilidad. Quizá a esa hora del día he permitido que el trivial devenir
me robe la capacidad de asombro. Afortunadamente mañana es jueves.
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