9 de marzo de 2014
EL ARTE MODERNO EN LA DESHUMANIZACIÓN DEL ARTE DE JOSÉ ORTEGA Y GASSET
Por Vladimir Espinosa Román
Más que un ensayo La deshumanización del arte de José
Ortega y Gasset es un manifiesto y una apología del nuevo arte naciente en el
siglo xx. Ortega y Gasset se
propuso definir y aclarar las ideas de los nuevos artistas modernistas de su
tiempo. Sin embargo, a pesar de su grandiosidad intelectual como escritor y
filósofo, se equivocó en la visión de que el arte moderno no es para el pueblo
ni pertenece al pueblo, sino a una elite o pequeña minoría burguesa, ya que los
pintores y artistas más famosos del siglo xx,
que innovaron con sus nuevas formas de expresar el mundo y las ideas, eran en
su mayoría idealistas y revolucionarios que protestaban contra el sistema de la
época, un ejemplo fue el propio Picasso en España. Las nuevas tendencias del
arte moderno se vieron reflejadas en el cubismo, el surrealismo, el
expresionismo, el arte abstracto, etc. Así, en este breve trabajo, trataremos
de analizar algunas ideas relevantes del texto La deshumanización del arte de José Ortega y Gasset, para
comprender la visión que tenía el autor sobre “el arte moderno” de la época y
veremos que tan válidas son ahora en nuestros tiempos.
Es, en verdad, sorprendente y misteriosa la compacta solidaridad
consigo misma que cada época histórica mantiene en todas sus manifestaciones.
La deshumanización del arte
José Ortega y Gasset
José Ortega y Gasset
Existe una marcada diferencia
en el arte del siglo xix y el arte
del siglo xx. Esto se debe en gran medida a las percepciones que se tenían en
cada época, por eso intituló Ortega y Gasset a su ensayo La deshumanización del arte, porque vio en su momento, en 1925 —fecha
de la publicación de dicho ensayo—, que el error en el arte era lo exagerado
que poseía de humano, además de ser muy redundantes los temas de los artistas
en la corriente del romanticismo. El problema de comienzo en el ensayo es
definir el goce estético, como a continuación veremos:
Hay, ante todo, una cosa que
conviene precisar. ¿A qué llama la mayoría de la gente goce estético? ¿Qué
acontece en su ánimo cuando una obra de arte, por ejemplo, una producción
teatral, le “gusta”? La respuesta no ofrece duda; a la gente le gusta un drama
cuando ha conseguido interesarse en los destinos humanos que le son propuestos.[1]
Para no divagar en las ideas
y en las diferentes artes, nos concretaremos en este trabajo a la comprensión
de una sola manifestación artística, la pintura. Así, más adelante en el mismo
párrafo, Ortega y Gasset especifica la atracción de la mayoría de la gente en
el siglo xix respecto a la
pintura:
En pintura solo le atraerán los
cuadros donde se encuentre figuras de varones y hembras con quienes, en algún
sentido, fuera interesante vivir. En un cuadro de paisaje le parecerá “bonito”
cuando el paisaje real que representa merezca por su amenidad o patetismo ser
visitado en una excursión.[2]
Esto significa, según el
análisis de Ortega y Gasset, que en el siglo xix
la percepción del arte era en el ámbito de las figuras y pasiones humanas. No
había pues una distinción de lo humano y de lo artístico. En el último caso, lo
artístico se percibe mediante una actitud “espiritual”[3]
alejada de lo humano, para poder obtener el verdadero goce estético y no un
simple sentimiento humano más.
¿Qué ocurría en el siglo xix con el arte? Para Ortega y Gasset el
arte del siglo xix era
completamente una mimesis de la vida y el mundo humano. Por lo cual, las obras
de arte lo eran parcialmente, eran más bien “productos artísticos”,[4]
dice el autor, ya que:
Para gozar de ellos no hace falta
ese poder de acomodación a lo virtual y transparente que constituye la
sensibilidad artística. Basta con poseer sensibilidad humana, y dejar que en
uno repercutan las angustias y las alegrías del prójimo. Se comprende, pues,
que el arte del siglo xix haya
sido tan popular; está hecho para la masa indiferenciada en la proporción en
que no es arte, sino extracto de la vida.[5]
Sin embargo, no
necesariamente el arte es para una minoría selecta o falsamente culta, una
“sociedad burguesa” como diría Rafael Gutiérrez Girardot en su libro Modernismo, supuestos históricos y culturales,[6]
sino que toda sociedad que recibe una buena educación escolar tiene la
capacidad de percibir el arte y comprenderlo. En oposición al pensamiento de
Ortega y Gasset, considero que no se trata de que una mayoría o minoría esté o
no apercibida para el arte, o que el verdadero arte sea para un grupo selecto y
un falso arte sea para el pueblo, como si el hecho de ser del pueblo
significara ser vulgar o carente de la espiritualidad que para el autor sería
exclusiva esta de una pequeña burguesía. No, el asunto es que en el siglo xix todo el arte era comprendido de la
misma manera, tanto para el pueblo como para las minorías, todo era sentimental
y humano, no tiene que ver con una clase social en particular. De tal forma que
afirma Ortega y Gasset:
Durante siglo y medio el “pueblo”,
la masa, ha pretendido ser toda la sociedad. La música de Strawinsky o el drama
de Pirandello tienen la eficacia sociológica de obligarle a reconocerse como lo
que es, como “solo pueblo”, mero ingrediente, entre otros, de la estructura
social, inerte materia del proceso histórico, factor secundario del cosmos
espiritual.[7]
Aquí cabe aclarar que todos
pertenecemos a un pueblo, cultura o sociedad, por lo tanto no podemos
deslindarnos ni de la idea de pueblo ni pretender ser otra cosa u otro tipo de sociedad,
mucho menos en 1925, cuando en su generalidad existían en casi todo el mundo
naciones estado o repúblicas constituidas y las monarquías eran las menos. La
idea de “el pueblo” como un grupo diferente de otro que podía ser
“aristócrata”, “intelectual” o “burgués” ya era para las sociedades europeas de
1925 una idea bastante retrógrada. El pueblo lo somos todos, no existe un arte
para el pueblo que se catalogue como “producto artístico” y un arte para la
minoría especializada; ya que simplemente el arte es arte para todos.
Las percepciones del arte en el siglo xx
Las tendencias que en la
pintura ha habido en el siglo xx
corresponden a la evolución y desarrollo progresivo que han tenido todas las
sociedades en el mundo. A lo largo de la historia ha habido transformaciones en
las artes lo mismo que en las sociedades donde se generan. Los cambios políticos,
sociales y económicos han influido notablemente en las tendencias de las
distintas épocas. Como lo refiere también Nicolai Hartmann:
El crecimiento de las grandes obras
de arte con el transcurso del tiempo es señal inequívoca de que el
enraizamiento del arte en la vida histórica le es esencial; pero a la vez
también de que le es esencial a la vida. De hecho, el arte le devuelve a la
vida, con creces, lo que recibió de ella. Aun cuando en cada periodo artístico
sean muy pocas las obras que alcanzan esta altura y todo lo demás vuelva al
escombro de la historia, bastan y sobran estas pocas grandes obras, para pagar
la deuda del arte con la vida histórica.[8]
¿Acaso las obras de arte del
siglo xix dejan de serlo por su
sentimentalismo y contenido puramente humano? Esta valoración se ha visto en la
historia debido al juicio emitido por la mayoría respecto a las grandes obras o
las llamadas obras maestras que hasta la fecha se siguen considerando así. La
propuesta para tener las percepciones adecuadas para el “arte nuevo” que se
engendraba a principios del siglo xx
es, por recomendación de Ortega y Gasset, hacer una dicotomía entre mirar y
contemplar la obra de arte, específicamente en el caso de la pintura. A
continuación citaremos el ejemplo que nos da:
Se trata de una cuestión de óptica
sumamente sencilla. Para ver un objeto tenemos que acomodar de una cierta forma
nuestro aparato ocular. Si nuestra acomodación visual es inadecuada, no veremos
el objeto o lo veremos mal. Imagínese el lector que estamos mirando un jardín
al través del vidrio de una ventana. Nuestros ojos se acomodarán de suerte que
el rayo de la visión penetre el vidrio, sin detenerse en él, y vaya a prenderse
en las flores y frondas. Como la meta de la visión es el jardín y hasta él va
lanzado el rayo visual, no veremos el vidrio, pasará nuestra mirada a su
través, sin percibirlo. Cuanto más puro sea el cristal menos lo veremos. Pero
luego, haciendo un esfuerzo, podemos desentendernos del jardín y, retrayendo el
rayo ocular, detenerlo en el vidrio. Entonces el jardín desaparece a nuestros
ojos y de él sólo vemos unas masas de color confusas que parecen pegadas al
cristal. Por tanto, ver el jardín y ver el vidrio de la ventana son dos operaciones
incompatibles: la una excluye a la otra y requieren acomodaciones ocultas
diferentes.[9]
Más adelante dirá Ortega y
Gasset en el texto que “contemplamos” la obra de arte como tal. Es decir, no
miramos lo humano de la obra de arte sino contemplamos la obra de arte como una
irrealidad fantástica. Entonces vuelve a ejemplificar el autor:
Para poder gozar del retrato
ecuestre de Carlos v, por Tiziano,
es condición ineludible que no veamos allí a Carlos v en persona, auténtico, viviente, sino que, en su lugar,
hemos de ver solo un retrato, una imagen irreal, una ficción. El retratado, y
su retrato son dos objetos completamente distintos; o nos interesamos por el
uno o por el otro. En el primer caso, “convivimos” con Carlos v; en el segundo, “contemplamos” un
objeto artístico como tal.[10]
Así, no miramos lo humano
para sentir la obra de arte, sino contemplamos la obra de arte como producto de
la ficción, de la irrealidad creada por el genio que puede pintar objetos que
van más allá de lo humano.
El arte moderno y Picasso
![]() |
| El jersey amarillo Pablo Picasso |
No cabe duda que uno de los
precursores del arte moderno fue Pablo Picasso. Es ciertamente el pintor más
conocido del siglo xx por parte de
un círculo amplio e indiferenciado de público. Ha sido común ver en las
caricaturas o en las historietas infantiles cuando se recurre a la obra de
Picasso, representaciones de mujeres de dos narices triangulares o con los ojos
distanciados, o con un pie en la cabeza, etc., sobre todo haciendo alusión al
“arte moderno”. Su trayectoria como artista nos lleva a comprender la
popularidad excepcional de un hombre que fue responsable directo del “arte
moderno”. Y de hecho su obra en general, no puede catalogarse simplemente
dentro de una tendencia o de un ámbito específico de investigación, sino que,
como dice Antonello Negri: “al menos hasta los años cincuenta, coincide,
siempre en un primer plano, con el curso de la historia del arte moderno.”[11]
De manera que estrechamente vinculado con La
deshumanización del arte, Picasso encuadra con las características del
“nuevo arte” que menciona Ortega y Gasset, si bien Picasso era un pintor popular,
idea contraria al concepto de arte elitista del filósofo:
Si se analiza el nuevo estilo, se
hallan en él ciertas tendencias sumamente conexas entre sí. Tiende 1º, a la
deshumanización del arte; 2º, a evitar las formas vivas; 3º, a hacer que la
obra de arte no sea sino obra de arte; 4º, a considerar el arte como juego, y
nada más; 5º, a una esencial ironía; 6º, a eludir toda falsedad, y por tanto, a
una escrupulosa realización. En fin, 7º, el arte, según los artistas jóvenes,
es una cosa sin trascendencia alguna.[12]
La aventura de Picasso como
innovador en la pintura se continúa en toda su obra y reúne las descripciones
de la estética que son ya una declaración precisa de los postulados del arte
moderno planteado por Ortega y Gasset:
1.
Lejos de ir el pintor más o menos
torpemente hacia la realidad, se ve que ha ido contra ella. Se ha propuesto
denodadamente deformarla, romper su estado humano, deshumanizarla. Con las
cosas representadas en el cuadro tradicional podríamos ilusoriamente convivir[13]
2.
Con las cosas representadas en el
cuadro nuevo es imposible la convivencia: al extirparles su aspecto de realidad
vivida, el pintor ha cortado el puente y quemado las naves que podían
transportarnos a nuestro mundo habitual.[14]
3.
Tenemos, pues, que improvisar otra
forma de trato por completo distinto del usual vivir las cosas; hemos de crear
e inventar actos inéditos que sean adecuados a aquellas figuras insólitas. Esta
nueva vida, esta vida inventada previa anulación de la espontánea, es
precisamente la comprensión y el goce artístico.[15]
4.
No se trata de pintar algo que sea
por completo distinto de un hombre, o casa, o montaña, sino de pintar un hombre
que se parezca lo menos posible a un hombre, una casa que conserve de tal lo
estrictamente necesario para que asistamos a su metamorfosis, un cono que ha
salido milagrosamente de lo que antes era una montaña, como la serpiente sale
de su camisa. El placer estético para el artista nuevo emana de ese triunfo
sobre lo humano; por eso es preciso concretar la victoria y presentar en cada
caso la víctima estrangulada.[16]
5.
Cree el vulgo que es cosa fácil
huir de la realidad, cuando es lo más difícil del mundo. Es fácil decir o
pintar una cosa que carezca por completo de sentido, que sea ininteligible o
nula: bastará con enfilar palabras sin nexo, o trazar rayas al azar. Pero
lograr construir algo que no sea copia de lo “natural”, y que, sin embargo,
posea alguna sustantividad, implica el don más sublime.[17]
Picasso, al practicar los
postulados antes mencionados, no sabemos si los conoció o no, se convierte en
un transformador del arte, quiere decir que también puede llevar los títulos de
innovador, reformador, precursor, fundador, etc., en el arte moderno y
contemporáneo del siglo xx y que
hasta cierto punto se ha continuado. La obra de Picasso está visiblemente
vinculada con toda una larga y extensa tradición, ya que sabemos que como
creador artístico, a lo largo de su carrera retomó los motivos y los recursos
expresivos propuestos por otros artistas, pero reelaborados por él al punto de
transformarlos en lo inédito. Como nos dice acerca de él Julio E. Payró:
“Picasso se nos presenta como un apasionado defensor de la libertad artística.”[18]
Una nueva estética a partir de 1900
En este apartado tendríamos
que preguntarnos ¿a partir de dónde comienzan los fundamentos para una nueva
estética? Aquí vemos algo muy interesante que se ha hecho patente en el “nuevo
arte” y Ortega y Gasset lo dice así:
Desde un punto de vista humano
tienen las cosas un orden, una jerarquía determinados. Nos parecen unas muy
importantes, otras menos, otras por completo insignificantes. Para satisfacer
el ansia de deshumanizar no es, pues, forzoso alterar las formas primarias de
las cosas. Basta con invertir la jerarquía y hacer un arte donde aparezcan en
primer plano, destacados con aire monumental, los mínimos sucesos de la vida.[19]
Esto tiene gran relevancia en
el sentido de que los pintores del pasado se concentraban en pintar asuntos muy
serios como religiosos, políticos, ceremoniales, míticos, personajes históricos,
etc., pero en el “nuevo arte” se le encuentra la belleza a los asuntos de los que
antaño los seres humanos ni se percataban, como una pelota, una caravana de
danzantes, las hojas en el aire, un mendigo triste, unos toros, un guitarrista,
etc. Respecto a las vanguardias y tendencias Ortega y Gasset explica:
El expresionismo, el cubismo, etc.,
han sido en varia medida, intentos de verificar esta resolución en la dirección
radical del arte. De pintar las cosas se ha pasado a pintar las ideas: el artista
se ha cegado para el mundo exterior y ha vuelto la pupila hacia los paisajes
internos subjetivos.[20]
Así, tenemos distintas
tendencias innovadoras a partir del siglo xx.
El cubismo en primer lugar, como el movimiento “del primer decenio del siglo xx nacido en París”.[21]
Posteriormente, “Los naifs”,[22]
el futurismo, el expresionismo, el suprematismo, el constructivismo, el
dadaísmo, el surrealismo, el arte abstracto, el pop art, etcétera.
Finalmente
Cuando José Ortega y Gasset
escribió su ensayo La deshumanización del
arte, era ya un hombre maduro, tenía para entonces cuarenta y dos años (en
1925).[23]
Veía con otros ojos a los jóvenes, porque él ya no se sentía joven, no hablaba
respecto al arte desde el punto de vista juvenil sino desde el punto de vista
crítico como hombre cuarentón, pero consciente de las nuevas tendencias. No se
proponía en La deshumanización del arte
atacar tanto al arte viejo sino definir el arte nuevo. Reflexivo y analítico,
aborda la perspectiva de manera filosófica, aunque a veces, con voz que parece
bastante senil. Era un partidario del arte de las minorías, no cabe duda —cosa
que se le puede recriminar—, de un antipopulismo en desuso para la época,
viendo al pueblo no como una unidad que conforma el Estado o la Nación, sino
como la mayoría ignorante y marginada de aquel entonces. Pero las ideas de
Ortega y Gasset siguen vigentes, vio más allá el destino del arte, más allá de
los convencionalismos de la época y lo tradicional, hecho digno de admirar.
Obras
consultadas
Bregante,
Jesús, Diccionario de Literatura española,
Madrid, Espasa Calpe, 2003.
Gutiérrez
Girardot, Rafael, Modernismo, supuestos históricos y culturales,
México, fce, 3ª edición 2004.
Hartmann,
Nicolai, Estética, México, unam, 1977.
Lozano
Fuentes, José Manuel, Historia del arte,
México, Patria, 2008.
Negri,
Antonello y Bianca Bottero, La cultura
del novecientos, arquitectura y artes
plásticas, México, Siglo xxi,
2ª edición 1997.
Ortega y
Gasset, José, La deshumanización del arte,
México, Porrúa, 2007.
Payró,
Julio, E, Pinacoteca de los genios, Buenos Aires, Editorial Codex, 1981.
[1] Ortega y Gasset,
José, La deshumanización del arte,
México, Porrúa, 2007, p. 12.
[2] Idem.
[3] Idem.
[4] Ibid., p. 14.
[5] Idem.
[6] Gutiérrez Girardot,
Rafael, Modernismo, supuestos históricos y culturales,
México, FCE, 3ª edición, 2004, p. 48.
[7] La deshumanización del arte, p. 11.
[8] Hartmann, Nicolai, Estética, México, UNAM, 1977, p. 544.
[9] La deshumanización del arte, p. 13.
[10] Idem, p. 13.
[11] Negri, Antonello y
Bianca Bottero, La cultura del
novecientos, arquitectura y artes
plásticas, México, Siglo xxi
editores, 2ª edición 1997, p. 131-132.
[12] Ortega y Gasset,
José, La deshumanización del arte, p.
15.
[13] Ibid., p. 19.
[14] Idem.
[15] Idem.
[16] Ibid., p. 20.
[17] Ibid., p. 21.
[18] Payró, Julio, E, Pinacoteca de los genios, Buenos Aires, Editorial Codex, 1981, p.
xvii.
[19] La deshumanización del arte, pp. 26-27.
[20] Ibid., p. 28.
[21] Lozano Fuentes,
José Manuel, Historia del arte,
México, Patria, 2008, p. 551.
[22] Ibid., p. 555, pintores autodidactas.
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