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30 de marzo de 2014

EL PUEBLO


Por Berto Naviera 

Estacional, como la gripe, así es el requiebro sentimental por los rincones callejeros de mi pueblo.
Mi pueblo está ahora más bello y renovado de lo que jamás estuvo pero a la vez me es también más ajeno. Sus sinuosas y empinadas calles, adornadas y luminosas, son invadidas por los inevitables portacámaras capturadores de las bucólicas imágenes de la montaña nacional. Un ejército de variopintos personajes irrumpe con su algarabía desordenada todos los días por sus viejas calles y plazuelas espantando, junto con las palomas, la candidez de sus frías mañanas y la íntima comunión de los parroquianos, pero permaneciendo completamente ajenos a sus antiguas tradiciones.
Mi pueblo
Raúl del Río
Marchan de lado a lado del gentil caserío. Recorren todas sus callejuelas retorcidas y claras. Se instalan en sus plazas, iglesias, monumentos y cafeterías. Entusiasmándose, como niños, con el empedrado de las calzadas, con los balcones cuajados de geranios multicolores, con viejos paredones que aún hablan de tiempos duros y antiguos cuando de la buena tierra fluían los argentinos ríos metálicos. Buscan, siempre buscan, no importa él qué, siempre van tras el descubrimiento de lo sorprendente, de aquello cuya existencia parecen no poder asimilar, exclamando los típicos: “jamás pensé que pudiera hacerse…”, “jamás pensé que pudiera existir…”, “jamás pensé que fuera posible…”. Deteniendo, asombrados, su marcha ante aquello que les ha parecido raro o insólito o, simplemente, desacostumbrado.

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