13 de julio de 2014
DAMA DE CORAZONES, DE XAVIER VILLAURRUTIA
SENSUALIDAD EN SUSANA, SERIEDAD EN AURORA
Por Vladimir Espinosa Román
Ahora
se sobreponen en mi memoria como dos películas
destinadas a formar una sola fotografía.
Diversas,
parecen estar unidas por un mismo cuerpo, como la dama de corazones de la
baraja.
Xavier Villaurrutia, Dama de corazones.
Joven, como siempre se
mostró, adolescente, Xavier Villaurrutia retrata con exactitud aquella
adolescencia ya perdida por muchos hombres. Es una adolescencia donde no existe
el amor de una muchacha pero se anhela de una manera fuerte, al punto de caer
en la cursilería. No se tiene el amor deseado pero se ama silenciosamente,
esperando la correspondencia, la cual nunca llega por parte de la musa contemplada.
Además de los deseos de querer y ser querido, esta novela nos hace sentir esa
emoción de juventud donde no nos preocupábamos, pues la única ocupación era
estudiar y conocer por lo menos un primer amor platónico. La única novela que
escribió Villaurrutia parece más bien autobiográfica, porque tuvo dos hermanas
que quiso mucho y en su narración son Susana y Aurora, sus primas. A las dos
las ama, pero no de igual manera, a una como familiar, como madre o como tía
que se estima con respeto, a la otra como amiga íntima y a veces más que amiga,
como novia. Refleja sensualidad y erotismo en sus comentarios hacia Susana:
Me gusta el cobre rojizo de sus
cabellos. Me gusta el fleco que invade su frente y que parece, a lo lejos, una
peineta de dientes separados que hubiera dejado prendida en su cabeza por
descuido. La querré siempre.[1]
La lectura de la novela nos
evoca ese recuerdo de la adolescencia perdida de todo estudiante, donde los
amores platónicos abundaban, cuando se estudiaba la carrera, cuando se oscilaba
entre los veintiún y veintidós años. El amor es un estado emocional
adolescente, no importa la época sino sentirlo. Uno se sentaba en la Biblioteca
en una mesa, y de repente aparecía una chica de lentes estudiosa, y solo se le
amaba en silencio y en contemplación, como si se mirara un ángel. De esta
forma, amaba Julio (el protagonista de la novela) a Susana, en un silencio de
pensamientos perversos o cándidos quizás. Se podría pensar que la mayoría
vivimos esas experiencias, esas sensaciones. Xavier Villaurrutia cuenta la suya
en esta novela en primera persona:
Naturalmente, me interesa Susana.
Desde el día siguiente al de mi llegada, ha cuidado de ocultar con polvo las
pecas que salpican sus mejillas. Es ligera, traviesa. Entra al salón de fumar y
a mi recámara sin anunciarse, como la primavera.[2]
En una proyección poética, distraídamente,
enamorado, como una relación incestuosa pensada pero no lograda, Julio o Xavier
Villaurrutia, no deja de mencionar en repetición a Susana, la ama con
intensidad. La prosa en la novela es poesía pura. Si recortamos las frases y
las ordenamos a manera de poema, sin duda nos quedarían las metáforas y versos
hermosos característicos de Villaurrutia:
Al levantarnos para salir del
comedor, no podría asegurar si he desayunado. En cambio, puedo decir con
certidumbre que mi prima Susana, que no ha dejado de mirarme el rostro un
instante, solamente me ha escuchado de vez en cuando.[3]
Una verdad única del momento
para un joven adolescente, pues los razonamientos cambian con el tiempo,
maduran, y en un ayer de varios años el pensamiento era otro. Sin embargo,
tanto Susana como Aurora se parecen físicamente, solo se distinguen en el
carácter, una es lúdica y mentirosa, la otra es seria y verdad absoluta. Hay un
juego de palabras, la novela, escrita en primera persona, muestra los
pensamientos del protagonista narrador, el cual conversa con su tía Madame
Girard y sus primas después de un viaje al extranjero, el motivo, estudios
universitarios. Susana es un amor más allá de las fronteras, parece un amor a
veces no platónico, sin embargo es de otra manera:
Al oír mi lenguaje impuro, mezclado
con frases en inglés, ríe, me imita, pero no me corrige nunca. Me ha dicho que
no tiene novio y que el no tenerlo no la entristece.[4]
En frases divididas con punto
y aparte, está el amor no encontrado en la prima, Susana, a la cual describe
con ímpetu romántico, enamorado, como la Eva de su paraíso poético anhelado,
con vehemencia:
Lee novelas, poesías.
A su lado dan deseos de hacerle
confidencias: pequeños triunfos, pequeños fracasos.
Miente naturalmente, como si no
mintiera. Debe de hablar durante el sueño y luego sonreír y llorar.
Escribirá con rapidez, sin
ortografía, en párrafos interminables que habrían de estar llenos de punto y
coma, si cuidara de la puntuación.
Es tan soñadora que, si la
sorprendo con la mirada vaga, pienso que está proyectando aquello que me dirá
en sus cartas cuando me ausente.[5]
Aurora es lo contrario a
Susana, parece una madre prematura, como si fuera señora de años antes de
serlo:
Aurora, ¿la quiero menos? No, pero
la temo. Frente a ella me siento como un impostor. Comprendo que mi
conversación le parece ligera y que adivina todo lo que hay en ella de mentira.[6]
Aurora representa esa
dualidad la cual no es necesariamente mala, sino parte de la vida, del mundo,
así como Susana es caliente, Aurora es fría; una es alegre, la otra seria; una
divertida y la otra es aleccionadora. Para Aurora el amor es estúpido y una
pasión momentánea, para Susana es el sentido de la vida y de la existencia en
esta tierra:
Se arregla cuidadosamente.
Es lenta, grave. No entra al salón
de fumar, ni menos aún a mi recámara, sin dejar caer un libro, sin antes toser
varias veces; anunciándose, como el invierno.
Se interesa por cuanto digo. Si
necesito una palabra inglesa para llenar el hueco de mi discurso, siento que me
corrige y me reprocha sin palabras.[7]
Observadora, fría, razonable,
calculadora, todo esto y más podría ser Aurora, sonríe pocas veces, nunca ríe y
tampoco llora:
A su lado dan deseos de contarle
algún secreto terrible, con la confianza de que lo guardará siempre.
Lee obras de teatro. Cuando habla,
advierte; cuando calla, advierte también. Estoy seguro de que pertenece a la
flora punto menos que extinta de mujeres que escriben con lentitud, en párrafos
largos, repintando la letra dos o tres veces, cuidando de la ortografía.[8]
Severidad en todo sentido,
corrección y a veces ultracorrección, Aurora podría ser contadora, exacta con
las cuentas o tal vez abogada, repitiendo artículos y cláusulas legales de
códigos de memoria, de manera inflexible y atada a las normas y costumbres
impuestas:
Dice la verdad naturalmente, como
si no la dijera.
Me gusta el cobre apagado de sus cabellos
separados con una gracia serena. Con polvo ocre empalidece su rostro. También
la querré siempre. ¿La temeré siempre?[9]
Tanto Aurora como Susana son
elegantes, distinguidas y de buenos modales. Nos dice Villaurrutia en boca de
Julio que hasta se podrían confundir, son muy parecidas en lo físico, pero en
cuanto a la personalidad son totalmente distintas:
Al lado de Aurora todos los hombres
nos sentimos en la seguridad de que podríamos permanecer así un tiempo más
largo que la vida. Pero esto sería demasiado, y no es bastante. Desde que estoy
en México este pensamiento arraigado me hiere, me inquieta, quisiera
compartirlo con alguien a quien dijera simplemente: “Aurora no ama a su
prometido que se casará con ella sin amarla”. Susana, al oír mi confidencia, se
echaría a reír, incrédula. Mme. Girard no me oiría, ocupada en contemplar los
diez camafeos que le copian sus uñas relucientes. Aurora me oiría con gravedad,
guardándome el secreto, y acaso se creería en el deber de no sentirse aludida.[10]
Pero Julio, el señorito
burgués y aristocrático de la novela, ama desmedidamente a Susana, existe un
conflicto en su interior, como algo que no se puede evitar al estar con ella:
Ahora me siento presa de un delirio
erizado de preguntas, sin voz: ¿Verdad que no me quieres mal, Susana? No
cierres los ojos, que puedes encerrar bajo tus párpados toda la luz del parque.
Porque no me miras, me encuentro solo a tu lado. Y si me miras, te siento tan
lejana que cuando escucho tu voz me parece que está verificándose un milagro.
¿Por qué, Susana, te alejas de ti, de mí, de todos? ¿Por qué yo mismo me alejo?
¿Por qué no me abandonas las manos? ¿Por qué yo no te las tomo? Tengo la
certidumbre de que me dejarías apoyar mi mano en tu mano; pero la encontrarías
de mármol y sentirías lo mismo que al apoyarte en el brocal de un pozo bañado
en sombra: nada.[11]
Al leer los pensamientos de
Julio, sentimos esa impotencia de confesar el amor a aquella persona amada,
como si todo se opusiera a ello, absurdamente, como una contrariedad de la vida:
Siento que una niebla empaña mis
ojos. Te miro esfumada y con una aureola de luz sobre la cabeza. Hago esfuerzos
por decirte algo pero del mismo modo que durante el sueño de la siesta llega un
momento en que precisa despertar a riesgo de congestionarnos si no lo
conseguimos y no obstante sentimos la angustia de no encontrar la puerta de la
realidad, no puedo decirte nada. Tengo alineadas las palabras: ¿en qué piensas,
Susana? o ¿por qué callas? Tengo el tono y la temperatura con que quiero
decírtelas, pero al llegar a mi garganta se desordenan y siento miedo de lanzar
un grito que te asuste o te haga reír.[12]
Julio narra la cursilería
propia de la edad, esa cursilería vergonzosa y estúpida de estudiante, cuando
se hacían cartitas de amor o un poema y se regalaba a la admirada, la cual
seguramente se mofaba de ese amor pueril de un muchacho atolondrado,
estudiante, además juega con su propia identidad, pues se autoalaba en el
relato al mencionarse como un personaje importante y famoso de ese entonces:
Ya sé cómo me quieres, Susana. Me
atrasas el corazón, el traje, el peinado, la voz, para llevarme muy cerca de
Lamartine y de Musset. Así me querrías, soberbio, alto, amante, dorado, capaz
de vivir novelas frenéticas, capaz de escribir poesías más frenéticas aún. Te
equivocas. Yo sufro porque no puedo complacerte. Imagino que no puedes pensar
en mí tan contemporáneo de Xavier Villaurrutia, tan invisible como él,
aspirante a diplomático, negligente en el vestir; con un cuerpo inclinado cada
día más a desaparecer entre millones de jóvenes de los Estados Unidos […].[13]
Al final, la confusión de su
amor se hace patente. Sabe que la quiere pero no la puede querer como él
quisiera porque es su prima, en la novela y, en la vida real, su hermana:
Susana, Susana. ¿La quiero? No sé,
no sé. Los afectos se me confunden siempre. A veces pienso que la quiero como
se quiere a un amigo.[14]
Es Dama de corazones una novela poética, escrita en prosa poética,
llena de melancolías y nostalgias de amores filiales, fraternales, incestuosos
y carnales imposibles. Existe una represión psicológica en la novela por parte
del autor, al no poder aflorar todo lo que siente y desea, pero es lógico para
la época, pues está fechada entre 1925 y 1926. Narra Xavier Villaurrutia su
muerte, su juventud poética y romántica de los años veintes en Estados Unidos,
sus sueños, sus viajes, sus tormentos pueriles, sus deseos amorosos y la
tristeza del fallecimiento de su tía en la novela, acaso su madre en la
realidad.
En conclusión, a veces es
necesario escribir como Villaurrutia, las sensaciones poéticas como sueños, en
simples frases como pensamientos, sin pretensiones soberbias, sin alucinar con
glorias excelsas, solo escribir por placer, por un mero gusto personal, sin
intentar agradar a otros sino a uno mismo, con eso es suficiente. Las letras
que escribimos, bellas y acompasadas como en la novela Dama de corazones, quizá
ya es bastante como la sinceridad del pensamiento y la buena prosa de
Villaurrutia.
Obras consultadas
Villaurrutia, Xavier, Dama de corazones, Colección Relato
licenciado Vidriera, México, UNAM, 2004.
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