17 de agosto de 2014
CAVILACIONES SOBRE LA SOLEDAD
Por Sofía Mares
![]() |
| Llenarte de soledad Andrés Rueda |
Parece que en el jardín de
Santa Catarina se han quedado todos los otoños. En este paraíso urbano de
Coyoacán se pueden encontrar cúmulos de hojas secas: guiños de melancolía con
la resignación del tiempo que continúa su marcha; despedidas eternas de quienes
nos dejan, los que se van quedando en el camino ¿o acaso somos nosotros quienes
nos quedamos? Ya no importa.
Las mejores personas del
mundo tocaron mi corazón y lo habitaron durante un suspiro. Ahora ya no están,
parece que se fueron todos en el mismo instante.
Y aquí estoy descansando, disfrutando
el sutil canto de la crujiente alfombra compuesta de todo aquello que ha
renunciado a vivir. Recuerdos, momentos de existencia propia y ajena, ahora tan
difusos y distantes.
Se define a la soledad como
“carencia de compañía” en el mejor de los casos; otra aseveración indica “pesar
y melancolía”. Tales afirmaciones no son independientes, van de la mano para
bien o para mal. Es decir que la diferencia no radica en la semántica, sino en
la pragmática.
Por lo tanto yo creo que la
soledad se puede experimentar bajo dos condiciones. La primera es aquella a la
nos enfrentamos todos los seres humanos invariablemente y sin remedio. Nacimos,
caminamos por esta vida y morimos solos. Se le puede reconocer por la lacerante
sensación de orfandad.
Sobrevivir a ella dependerá
de la resignación con que sea recibida, aceptándola sin permitir que nos arrastre
a un estado de desesperación y angustia extremas.
La segunda condición puede
incluso ser satisfactoria. Retroalimenta, equilibra; nos ayuda a retomar la
perspectiva de nuestra circunstancia como individuos, rodeados de vínculos
voluntarios e involuntarios.
Me gusta esa soledad elegida,
la que me permite extasiarme con las cosas sencillas de la naturaleza: un otoñal
amanecer, el ocaso en invierno, la luna llena de octubre, el viento en la cara.
Soledad en la que puedo regocijarme con la creatividad humana, sin necesidad de
dar explicaciones justificando mi gozo.
Es en esta soledad donde
también puedo evocar infinidad de eventos que corresponden a mi infancia, referente
del significado de felicidad por excelencia. Esto me hace recordar un fragmento
de “El blues de la soledad” de Miguel Ríos: “al lugar donde has sido feliz, es
mejor que no trates nunca de regresar” y yo digo: ¿por qué no?
Y es así que regreso una y
otra vez a mi niñez, a mi breve juventud —algo turbulenta por las malas
decisiones—, mi eterna felicidad por la vida.
Puedo incluso recibir una
oleada de nostalgia, sin saber de dónde vino, solo la acepto y me resigno a ser
arrastrada por su impetuosa fuerza. Nostalgia del amor arrebatado a una
infancia antes colorida; almas huérfanas de protección filial por inconscientes
actos de locura.
Y sufro el dolor, que no es
precisamente el propio, pero que duele más porque lo puedo observar desde
afuera, con plena conciencia, como espectador en primera fila. Con la
impotencia de quien observa derrumbarse sueños, paraísos, vidas.
Es entonces cuando corro,
cubro mis ojos, ensordezco mis oídos, me escabullo hasta encontrar, aún
ensimismada, los acordes de Narciso Yepes, que me guían nuevamente al paraíso
de mi equilibrada emotividad, sola.
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