18 de mayo de 2014
CALLADA Y QUIETA
Por Nidya Areli Díaz
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| Hospital Alias Torlonio |
¡Uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!, ¡uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!
Edelmira miraba los labios entreabiertos y rememoraba. ¡Tienes los dientes
feos, de tiburón! ¡Estás gorda como ballena! ¡Jajaja! ¡Como puerca ballena!..
No debe ser tan grave cuando los tengo todos. Él perdió una muela por una
caries mal cuidada y un incisivo por andar de peleonero. Las luces
entremezcladas daban la impresión de sueño. Allá, de niña, las cosas siempre
habían ido muy mal con su papá. ¡Eres puta y reputa!, le decía él a la madre
mientras esta se quedaba callada y quieta. ¡Pobre diabla!, pensaba ella, ¡Yo
nunca voy a ser tan tonta! Escucho aquí en mi cabeza como martilleos de muebles
que se mueven y la escoba que choca contra las cosas que estorban. Luego él la
había enamorado. Él con sus palabras toscas, con sus abrazos groseros, con sus
ademanes simpáticos y su manera campechana de hablarle. Él que, aun teniendo ya
una familia, no dejaba de ser guapo y encantador. Las contusiones múltiples daban
indicio de severas heridas internas.
¡Uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!, ¡uiiiiiuuu-uiiiiiuuu! Edelmira sentía miedo. Había sido solo un
momento, un instante en que el niño gritó fuera, en el patio. ¿Cómo un instante
de asomo puede poner en riesgo la vida? Estaría furibundo cuando viera la
camisa quemada. ¡La camisa más buena, la más cara!, ¡pero si parece muñeco
cuando se la pone!, ¡¿qué me va a hacer ahora?! Dios-mío, Dios-mío. Escucho en
mi corazón los muebles que claman, el piso que clama, los aromas que claman. No
sé dónde ponerme, en mis células hay un clamor como el de los muebles. Las
luces embriagadoras hacían reflejos opalescentes que mareaban. Ella estaba
acostumbrada. Ella sabía cómo dirigirse. No voy a hacer sino a esconderla. La
voy a meter en una bolsa oscura y cuando venga el carro de la basura, la tiro.
Luego, si me pregunta, le digo que no sé dónde la dejó; que debió perderla en
una borrachera. Al fin accedió a irse a un hotel. ¿Cómo llegué aquí? ¡Si mi
papá se entera me mata!, pero el amor es una fuerza vigorosa; el amor la hace a
una valiente.
Siento que en cualquier momento la escoba chocará
conmigo y voy a romperme en un millón de milimétricos pedacitos. Lo malo fue el
embarazo. ¡Uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!, ¡uiiiiiuuu-uiiiiiuuu! Quizá fractura de cráneo. Solución salina y dos
de epinefrina. Parecía que nadie estaba diciendo nada; en realidad solo Edelmira
había permanecido callada. Lo vio y quedó muda. Nadie chancea en el camino,
pero tampoco se callan. Nada más ella ahora. ¿Por qué si no la quería, había
dejado a su otra familia para cumplirle? No perdonó la camisa. ¡No, Lalo, no!
¡Yo no sé dónde está! ¡Ya no por favor! ¡Por mi madre que no sé! Pero no se
detenía. No se detuvo nunca… hasta que perdió el sentido. ¿Qué mayor miseria?
Tener tanto miedo y quedarse callada, muda, sola, mientras los niños la veían
en su rincón de niños asustados. ¿A dónde voy con mis niños? A una le quedan
los ojos secos. Después del dolor, ¿qué hay? Allí estoy. No me duele. No
siento. Es demasiado. Dónde dejar mis llantitos no lo sé. Desde siempre dejo
mis llantitos a un lado mío y nos hacemos bolita, plegándonos, furibundos,
hasta todo lo estrecho de la escoba. Y los niños en su rincón. Edelmira los
miraba a los ojos y ellos la miraban. Todos en silencio. Lalo observaba el
cuadro desde la mesa.
¡Uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!, ¡uiiiiiuuu-uiiiiiuuu! Claro
que también había días bonitos, días de mucho sol, de luz. Sí…, él era bueno
cuando quería. Era bueno a pesar de considerarla fea. Ella se acurrucaba en el
brazo corpulento. En ese lugar nunca podría pasar nada malo. Nunca un peligro.
¡Ay, mi Bicho! ¡Qué así estuviéramos siempre! Son esos pasos angustiantes que
preceden a la escoba, son los brazos torvos que impelen a desaparecer. Yo me
pliego y me pliego en una cajita que se va cerrando; recojo mis patitas y los
carpos y metacarpos; recojo mis uñas y los músculos endebles de mi vientre;
recojo mis grititos mudos hacia mí. ¿Qué importa todo lo demás cuando el amor
es aferrado y perseverante? No faltaban los planes: ¡Castillos! ¡Fortalezas!
¡Ínsulas! Cuando tú me quieres, Bicho, nada me falta. Las caras de los niños estaban
risueñas y chiveadas. Se miraban el uno a la otra desde su rincón, tratando de
no hacer ruido para que los papás se estuvieran queriendo a gusto, temerosos de
romper el encanto. ¡Verdá buena que te quiero harto!, decía el bicho, y se
quedaba pensando, pensando…
No queremos estorbar a la escoba. No queremos
molestar a los brazos torvos que conducen el palo de la escoba. No queremos que
la voz nos rompa. ¡Uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!, ¡uiiiiiuuu-uiiiiiuuu! Tienes que aprender a ser mujer. ¿Querías
casarte, no? ¡Ahora, aguántate! ¿Tú crees que alguien te va a querer con tus
niños? La mujer es para aguantar. Dios te va a ayudar. ¡No llores! El cuerpo
cada vez se iba poniendo más lívido. Edelmira lo miraba con ojos crispados y
alucinantes, mientras los ases de luz le iluminaban el rostro. A mi madre le
emocionaba que hubiera fracasado; casi estoy segura de que hasta disfrutaba las
golpizas que él me daba. ¿Por qué aguanté tanto?... Bueno, ¿a dónde hubiera
ido, después de todo? Yo no te voy a juzgar ahora, Bicho… ya ni siquiera te
guardo rencor. Los rumores de los otros le pasaban apenas, como sombras
colgantes, a un costado de sus pensamientos. No había más que mirar estupefacta
la boca de él: reseca, transparente, convulsa, sin saber qué sentir, con una
llaga que se abría, más y más, paralela a la palidez de un rostro que se perdía
en la muerte.
¡Tus putas manos inútiles! ¡No sabes hacer nada,
pinche pendeja! Nuestra cabeza se llena de mareos y vómitos y clamores. Nuestra
cabeza no hace más que plegarse y plegarse. Queremos llegar al germen hasta
desaparecer. ¡Uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!, ¡uiiiiiuuu-uiiiiiuuu! Edelmira no había
acabado de aprender, después de los años, a detectar el punto exacto del jarabe
de piloncillo para la alegría y las obleas; ella, que se esmeraba tanto… tanto,
la arruinaba siempre; es decir, no la dejaba inservible: ni quemada ni aguada,
pero no alcanzaba esa consistencia aterciopelada que Lalo esperaba. ¡Él era el
maestro después de todo! ¡Él había nacido haciendo alegría! ¿Por qué tenía que
saber yo? No, Edelmira, ¡cállate! La mujer debe aguantar. La mujer debe ser
fuerte… por los hijos… por los hijos.
Queremos alzar un grito que no se oiga, pero
desaparecer en ese grito, rompernos en la implosión misma de nuestro ser. Nunca
hemos estado seguros de dónde ponernos. Si mis hermanos están de acuerdo, yo vengo
a vivir con mi papá, había dicho Edelmira cuando murió la madre. Y, ¿cómo?,
¿vas a dejar a tu marido?, dijo una. ¿Lo vas a traer contigo?, dijo otro. ¡Te
volviste loca!, corearon al unísono. Si mi hija se quiere venir, esta es su
casa, había sentenciado al fin el padre. Me voy a venir con los niños… ya no
quiero vivir con Lalo. Edelmira no esperaba que alguien pudiera entenderla y,
de entre todos, fue el menos previsto quien lo hizo: el padre.
¡Uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!, ¡uiiiiiuuu-uiiiiiuuu! Hablar
de una mujer divorciada sería demasiado. Para divorciarse hay que estar casada
y a Edelmira nomás se la robaron; casada no estaba. Una mujer separada,
entonces, es un blanco de miras y decires. No se puede regresar a la soltería
así como así. A una le pesan los años. Pasar los treinta con dos niños es estar
vieja. Es hasta ridículo pretender que todavía se es joven; aunque, ¡cómo me
hubiera gustado haber sido joven! Una nace siendo mujer y no se tiene tiempo de
ser joven para tener pensamientos de muchacha. Hay que atender al padre y a los
hermanos; hay que comportarse como mujercita apenas le brotan a una los dos
limoncitos en el pecho. Ahora ya estoy vieja: me veo ridícula con este
uniforme, los números se arremolinan en mi mente de mono, se confunden las
frases de los libros dentro de mí. Pero hay tratar… hay que tratar…
Nunca hemos alcanzado suficientemente bien el
plegamiento, la implosión, la desaparición espontánea. No podemos más que
recoger las patas, los pies, las vértebras, los ojos, el aliento. No, hermana.
Ahora que te corrió tu marido no puedes vestirte tan liberal, ¿qué van a decir
en el pueblo? ¡Que ya te volviste puta! La mujer es puta de nacimiento, decía
Edelmira con calma, mientras contemplaba en el espejo cómo se le veía el
pantalón de mezclilla que nunca se había puesto en la adolescencia. ¡Uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!,
¡uiiiiiuuu-uiiiiiuuu! ¿Hubieras hecho
algo diferente, Lalo? ¿Qué van a sentir tus hijos cuando te vean así? La
solución salina, la glucosa y la epinefrina no habían sido suficientes para
estabilizarlo. Ella conocía su trabajo. Identificaba los rostros cuando los
rondaba la muerte. Lalo tenía ahora una de esas caras. Desencajado, óseo,
triste en el delirio, se le asomaban las tres parcas detrás de la nuca.
No podemos más que mirar el piso que se va moviendo
y se reduce y nos encierra y nos limita como un surco descorazonado y rabioso.
Quisiera no estar aquí pero no sé dónde ponerme. Ya no voy a pelearte nada,
Lalo; nada más déjame sacar mis cosas y eso es todo lo que quiero. Pero el
bicho, fiero como era, se había puesto desenfrenadamente furibundo. ¿Cómo te
vas a largar con mis hijos, puta puerca? ¡Si te quieres ir, lárgate con lo que
tienes puesto! ¡Sin mí estarías de puta en una esquina! ¡Yo te di todo lo que
tienes! ¡Por mí has tragado y estás como puerca! ¡No te vas a ir…!, se aferraba
amenazante; y ella, aunque con terror, se había erguido de frente, con la bolsa
de plástico negra en una mano y con las manos de los niños en la otra. ¡Uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!,
¡uiiiiiuuu-uiiiiiuuu! El camino se hacía eterno. ¿Cómo llegará este hombre con
tanta sangre que ha perdido?, le dijo un compañero como para traerla de regreso
de aquel intenso viaje. Edelmira no contestó; continuaba muda.
Las estructuras secundaria, terciaria y cuaternaria
de una proteína dependen de la secuencia de aminoácidos y del ambiente químico
local. Las estructuras secundaria, terciaria y cuaternaria de una proteína
dependen de la secuencia de aminoácidos y del ambiente químico local. Las
estructuras secundaria, terciaria y cuaternaria de una proteína dependen de la
secuencia de aminoácidos y del ambiente químico local. ¡No, Edelmira! ¡No vas a
poder!, para estudiar hay que ser inteligente y tú eres muy tonta, tienes
cerebro de mono. ¿Cómo te vas a ver a lado de los muchachos, tú, una vieja de
treinta años? ¡No va a aguantar con este tráfico! ¡Sigue perdiendo sangre!
¡Está entrando en shock!...
Los brazos torvos están siempre vigilantes. A los
brazos no les gusta que nos crucemos en su camino. No les gusta que estemos
aquí quitándoles su aire. Nos odian porque les quitamos su espacio y su aire. Vas
a saber lo que es bueno, mamacita. Quítate la ropa para que te vaya viendo. No
es que a Edelmira la asustara el sexo pero… sí; estaba turbada en toda su
franqueza. Toda la infancia le había estado vedado siquiera bañarse con sus
hermanas. La mujer debe guardarse de todas las miradas. Qué nadie te vea,
Edelmira, debes tener vergüenza porque las mujeres somos impuras desde que
nacemos. El pudor es el mayor tesoro de la mujer. Las enseñanzas de la madre
estaban orientadas casi siempre a la vergüenza y al recato. Por eso tu padre es
así conmigo, Edelmira, porque él sabe que la mujer es mala en el fondo. No
dejes que nadie te vea tus vergüenzas; además, estás fea. ¡Nosotras somos feas!
Todo lo que tenía que ver con el cuerpo, con los fluidos, con los pensamientos
más íntimos, era pecado. Todo era malo… todo.
No sé dónde estar. No puedo estar en ninguna parte
porque nos miran siempre de la misma forma. Siempre nos atajan el paso con la
escoba. ¡Uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!, ¡uiiiiiuuu-uiiiiiuuu! En el principio Dios creo al hombre puro. En
el principio el hombre no pensaba cosas malas. Pero luego la mujer atendió a la
víbora. La mujer pecó; fue tonta y necia, desobedeció y se volvió prostituta.
Su alma ya no fue de ella sino de Satanás. Por eso estamos perdidas y debemos
pagar nuestras culpas. Ya ves que por eso Dios me quitó mi mano. Dios quiso que
mi padre —que Dios nuestro señor tenga en su santísima gloria— me mutilara por
andar agarrando el dinero ajeno. Ven, hija, vamos a rezar el rosario para que
Dios nos perdone. Edelmira no comprendía. Era tan niña para entender al mundo
tan grande como era; tan peligroso. Pero no deseaba por nada que la madre
sufriera. No deseaba que las culpas alcanzaran a las mujeres de su familia, por
eso obedecía en todo. Por eso no protestaba.
Siempre resultamos molestos y ruidosos. Nos plegamos,
tratando de ser traslúcidos. ¡Aguanta, Bicho!, ya mero llegamos. Eres un hijo
de la chingada pero aun así no te deseo nada malo. ¡Tú eres el padre de mis
niños! El monitor de signos vitales indicaba que el ritmo cardiaco decaía cada
vez más. La situación era crítica. Se sucedió un paro cardiaco. De inmediato se
preparó el desfibrilador. Tenía tanta vergüenza. El rostro se tornaba en un
carmín subido que ardía en los poros. ¿Cómo me voy a quitar la ropa? Yo no sé
desvestirme. Estoy temblando y estoy tan fea. Le dieron ganas de salir
corriendo. Ganas de gritar, de recluirse, de no haber nacido. Él en cambio se
había echado en la cama para disfrutar mejor del espectáculo. Se moría por ver
los senos en todo su esplendor porque, aunque ya los había sentido algunas
veces, era la primera vez que podría mirarlos. No te quedes como momia.
¡Quítate la blusa!
¡Eres una puta manca! ¡Puta manca, hija de tu puta
madre!... Nos plegamos hasta el ombligo y si a veces nos movemos un poco es
porque buscamos un lugar donde estar que sea menos malo para la escoba y las
manos, pero no es suficiente; no es lo bastante bueno porque no tenemos donde
estar. La violenta descarga insufló en el muerto una nueva bocanada de vida.
Sus movimientos eran maquinales a fuerza de haber hecho esto muchas otras
veces. Luego de estabilizar la frecuencia cardiaca, era menester medir
nuevamente la temperatura y la presión arterial. La vida se sostiene a base de
epinefrina. ¡Esta vida no es cualquiera! ¡Esta vida era una parte de mí! Edelmira
y sus hermanos se miraban con terror; todos se apoltronaban en un rincón de la
casa. Los niños son todos iguales ante el peligro: lo único que queda es
agazaparse, temblar de miedo, taparse los oídos con fuerza, cerrar los ojos.
Una astronauta cuya estatura h es 1.70 m flota de pie en un transbordador espacial en órbita, a
una distancia r = 6.77 × 106
m desde el centro de la Tierra. ¿Cuál es la diferencia entre la aceleración
gravitacional en sus pies y la que hay en su cabeza? Claro que no es fácil
cerrar los ojos y los oídos cuando se sienten los golpes que se descargan sobre
la figura sagrada de la progenitora, cuando los párpados se abren inclementes
llamados por cada grito estrepitoso. La cabeza estalla, la cabeza estalla en
descargas intermitentes de adrenalina; la misma que ahora mantenía el alma
etérea en el cuerpo. Andar ofreciendo las mercancías en las horas libres.
Buscar qué vender: dulces, diademas y donas para el pelo, barras de
alegría y obleas, calcetines…
¡Abandonó por fin a su mujer! No podemos dejar de
respirar por más que dosifiquemos el aire. No podemos dejar de ocupar un
espacio. Nos tiramos, plegándonos, plegándonos, hasta no poder más, pero los
ruidos siguen martillando la cabeza. Los ruidos nos dicen todavía que no es
suficiente porque no nos toleran. Nada más quítate la blusa para que te vea las
chichis. No puedo, no sé. Bajaba la mirada y se sentía culpable del pecado. Ya
no le era indiferente el qué dirán. Sabía que no podría salir de ahí sin
haberse mancillado; sabía que ahora la madre quedaba deshonrada y el padre
podría matarla de descubrir alguna vez lo que estaba haciendo ahora. ¡Uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!,
¡uiiiiiuuu-uiiiiiuuu! Lalo se levantó de la cama para encuerarla él mismo. Ella
cerró los ojos para no ver su propia desnudez mirada por otro, como cuando los
cerraba para no ver los golpes propinados a la madre. La escena se repitió una
vez a la quincena varios meses más. Poco a poco Edelmira iba perdiendo la culpa
y la vergüenza. El amor derrota las culpas, las oculta tras un velo suave. No
puede ser malo lo que se hace por amor.
Queremos salir pero no terminamos de irnos, no
podemos ir a ningún sitio porque no hay en donde estar. No podemos simplemente
terminar de plegarnos. El trabajo era pesado. Lalo traía el amaranto desde un
día antes. Ella se encargaba de comprar la canela, el piloncillo, la pepita, la
nuez, la miel, las pasas y el cacahuate. Lalo tostaba el amaranto en un gran comal
que ponía sobre un gran brasero de carbón. Edelmira preparaba el jarabe con
piloncillo, miel y canela. Él vertía el amaranto en una tinaja de plástico y lo
iba meneando mientras ella incorporaba lentamente la preparación de miel. Se
pone la masa en un cajón rectangular y se aplana con una barra de madera. Se
decora con las semillas tostadas, se corta y se embolsa. Las pepitorias son muy
fáciles: nada más hay que partir las obleas por la mitad, trazando una raya en
medio con el cuchillo mojado, y luego pegarle las pepitas con jarabe.
No podemos solo aguantar el aire, resistir el hambre
y la sed. No podemos simplemente desaparecer. No podemos porque nuestras
células nos infunden miedo. Queremos despellejarnos, cortarnos las venas,
degollarnos y aguantar el aliento, pero nuestras células nos infunden miedo y
se niegan a no estar. ¿Por qué, desgraciada?, ¿por qué? ¡Si yo no te he
enseñado más que cosas de Dios! ¿Cómo es posible, maldita infeliz? El semblante
de la madre era verdoso y, desde sus ojos de calavera, lanzaba a su hija y a la
criatura que llevaba dentro toda suerte de maldiciones. ¿Cómo será la muerte?
¿A dónde vas a ir? ¡No! ¡No puedes morirte! Ya no es posible más que la
tristeza… Yo pensé que te odiaba, pero ahora veo que no. ¡No te odio! ¡No te
odio! ¿Cómo te voy a odiar? Contigo crecí, contigo me hice mujer, contigo tuve
a mis hijos, contigo pasé las noches peores y las mejores. ¡No puedo odiarte!
Ahora Edelmira sabía que no siempre se siente lo que una cree. Llevaba años
pensando que odiaba a Lalo y, en cambio, ahora estaba segura de que aquello no
había sido sino una falaz apariencia. Se ama más allá del rencor, más allá del
tiempo, incluso más allá de la vida.
Aunque las membranas celulares de los
microorganismos funcionan de manera análoga a las de los mamíferos, su
composición química es distinta. Esta diferencia permite la acción tóxica
selectiva de ciertos antimicrobianos. Las células se niegan, las células se
niegan. No podemos plegarnos. El padre tuvo ganas de matarla. Todos los padres
piensan que pueden juzgar a los hijos que ellos mismos han descarriado. La
línea iba en esa dirección. ¿Qué más hacer? Siempre tuve miedo de todo: de mis
padres en primer lugar, de los hombres, de las mujeres, de la vida… ¡Tuve miedo
incluso de mi cuerpo! Lo mejor que podía hacer era liberarme en cuanto pudiera.
El amor libera y yo quise soltarme del cuerpo cuando lo sentí. ¡Se hacen tantas
cosas por amor!... ¡Cuánto terror! ¡Cuántas ganas de no existir! ¡Cuántos
gritos en mi vida! El padre la arrojó como un trompo al suelo de mármol, ella
rodó y se hizo un ovillo. Luego, aproximándose, quiso patearle el vientre. La
madre se puso en frente. Esa madre quiso ahora recibir los golpes, en vez de
Edelmira. ¡Uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!, ¡uiiiiiuuu-uiiiiiuuu! ¡Supe ese día que tenía madre! Por primera vez
sentí que no estaba sola.
No sabemos cómo pasar el tiempo mientras nuestras
células se dan por vencidas y se deciden a dejar de estorbar. El moribundo
descorrió repentinamente los párpados. Por un instante la mirada agónica se
cruzó con los ojos absortos de Edelmira. ¡No vendí nada!, traigo todo el cajón
lleno y con el sol que hizo. Lalo se quedó cabizbajo, apoyados los codos sobre
la mesa. Ella quiso consolarlo; quería decirle que no importa, que mañana es
otro día, que Dios provee; pero las palabras se le hicieron estopa en el
cogote. No puedo decir nada porque soy muy tonta, muy tonta para hablar. Si abro
la boca, meto la pata. Los niños estaban muy quietos, acostados en su cama, con
los ojos bien cerrados, fingiendo… fingiendo. ¡Mira, Lalo, que tus hijos están
en la edad de la punzada! ¡Te van a necesitar!, tú no serás el mejor, pero eres
su padre: ¡el único padre que tienen! ¿Cómo les voy a decir que te moriste?
...Cualquiera cosa que
yo vea; diga o entienda en la sociedad, sea en el ejercicio de mi profesión o
fuera de él, si es conveniente que no se divulgue, la guardaré en secreto con
el mayor cuidado, pues considero el ser
discreto como un deber en semejantes ocasiones.
Si observo con fidelidad mi juramento, séame concedido gozar felizmente
de mi vida y de mi profesión, honrado siempre entre los hombres; y si la
quebranto y soy perjuro, que caiga sobre mí la suerte contraria. Luego el informe
académico, el título, la cédula. Mientras esto pienso en mi cabeza, la escoba
sigue su paso, las manos siguen su paso. Todo el silencio no cabe a la hora de
la muerte. ¿Esto eres, Lalo?, ¿un borracho? Hubo un espasmo. ¿Esto eres, Lalo?,
¿un indigente? Otro espasmo. ¡Más epinefrina! ¡Más epinefrina! ¡Uno! ¡Dos!
¡Tres¡ ¡Plack!… ¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! ¡Plack!... ¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! ¡Plack!... ¿Lalo,
así te mueres?, ¿borracho?, ¿en la calle?, ¿atropellado? ¡Uno más! ¡Uno más!
¡Uno! ¡Dos! ¡Tres¡ ¡Plack! No sé dónde ponerme. Me quedo muy callada y quieta
en un pequeño cuadro, callada y quieta. Recojo un poco más las piernas, un poco
más los brazos, un poco más los dedos. Contraigo el abdomen y los muslos y los
glúteos, y me voy enredando más y más, pero no termino. En definitiva no es
posible desaparecer del todo. Dónde se ponen los pelos de la cabeza, las uñas
de los dedos, los gritos y lloros del alma. No podemos. No podemos… Las luces se
apagaron. Se miraba al frente la puerta de Urgencias.
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