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4 de diciembre de 2014

ALIAS TORLONIO, PINTOR INADAPTADO


Por Nidya Areli Díaz

SEMBLANZA 

David García Ruiz, Alias Torlonio, nació en la ciudad de Madrid el 6 de febrero de 1964. Pasó en Nueva Guinea Ecuatorial los primeros cuatro años de su vida, para después volver a la ciudad de origen, donde radicó hasta los 16 años de su vida para luego emprender su propio camino, independizándose muy temprano de su familia. En adelante anduvo por diversos lugares de toda la extensa Península Ibérica, hasta hace diez años que se estableció en Asturias, donde radica actualmente. Desempeñó desde muy joven el trabajo artístico como ilustrador para varias publicaciones y revistas. Y, asimismo, ha realizado varias exposiciones a lo largo de su trayectoria como pintor. No tiene técnica predilecta ni un discurso constante en su obra, pues se evidencia en su estética que ha tratado de arrancar tanto a la técnica como al concepto de “arte” todos los secretos posibles.

OBRA

¿Has mirado más allá de lo bello? ¿El arte como expresión de lo horrendo, de lo irreverente, de lo incomprendido? ¿Has ido más allá de la estética de lo “bonito”? ¿Cuándo surge el desapego hacia lo estéticamente correcto? Pues bien, hemos tenido la suerte de encontrarnos con un oligarca de la aberración. Técnicas mayoritariamente mixtas, temas harto sombríos, experiencia estética francamente desagradable. Títulos tan infranqueables, acaso estridentes, como Martillos de amorosa pereza, Artista lamiéndose las pelotas, Lluvia de coches, etc. Se trata, pues, de un pintor extra-complejo, un pintor narrativo y un narrador de la pintura, estrictamente divorciado de las convenciones y los formalismos del “buen gusto”; nada menos que un provocador; un genio sin más; redentor del paisaje cáustico, de los estragos y las vaguedades nauseabundas de Sartre.
7 de octubre de 2014

HUMANISMO


Por Armando Escandón 

“… define al prójimo…
no con una fórmula teológica,
sino con una situación vital”. 

Martin Luther King, Ser un buen prójimo. 

 

El grajo y los perros
Alias Torlonio
Noche gélida, invernal.
La gran megalópolis.     Los suburbios. La nieve cae.
Un perro semivivo, tras ser arrollado por un automóvil.
El sacerdote católico pasa. Ve al animal moribundo, piensa: “Es solo un perro…”.
De rato, un rabino cruza por el mismo sitio, apenas nota la situación: “Es solo un perro…”, se dice y continúa su camino.
En poco, un vagabundo se apersona, es un hombre cualquiera. Se quita la camisa, en ella envuelve al can, lo abraza y se lo lleva.
“Jesús, Yavhé y los dioses todos bendigan a aquel quien ayude a su prójimo”, susurra en un gruñido el perro, mientras comienza a entrar en calor.
 
26 de agosto de 2014

CÓMO DESHACERSE DE LOS CONEJITOS


Por Víctor Alvarado 

I. Preámbulo a las instrucciones [1]
Medio conejo con el hígado embolsado
Alias Torlonio
La penúltima noche que vi a Julio, hubo contacto, no físico sino contacto tipo atadura. Igual que sucede cuando andas por ahí nada más pensando en la fuga del baño cuya gotera te impide a veces conciliar el sueño o si será tinto o blanco para la cena del viernes y, en cualquier pasillo de cualquier institución, de pronto sientes el tibio soplo de la mirada en tu nuca, mirada simple, sencilla, y volteas inquieto; entonces sabes todo de esa persona al verle las pupilas encendidas, sus ojos animados; en ese infinito y fugaz desahogo, sabe tus mañas y tú sus mentiras, y él o ella y tú y todos parpadean, y en ese parpadeo se piensan y recuerdan y olvidan, y al abrir de nuevo sus ojos se despiden discretamente. Eso pasa siempre y esa noche así ocurrió; aunque también charlamos un poco y chocamos al final las manos; saludo de cuates. Salimos a dar un paseo por el patio, alrededor de la fuente seca, donde hace tanto que no corre agua. Y le pregunté, por qué no habías venido. Por el trabajo, respondió. Dímelo a mí; no he visto a mamá en temporadas, y encendí los faros del fondo para no tropezar con los adoquines. Pero al fin regresé; vengo por el encargo de la última vez. Aquí lo tengo; no sé si será de tu agrado. Yo sí lo sé. Y le di la hoja. Gracias me la llevo. Y qué hago con los conejos, acaso… Ya lo sabías; haz lo que puedas; yo lo hice. Pero no lo sé; y ya se avecinan. Tómalos de las orejas y tíralos por la baranda o échalos a la fuente o no les abras el portón si acaso tocan o véndelos a un irrisorio precio. Nunca los vi pero sé cómo son y ya siento miedo. Iguales todos, cómo han de ser, lo único diferente es el color o pelaje o tamaño o consistencia blanda y áspera. Pero los conozco; regresarán en grupos o aislados, dispuestos a… Las instrucciones son precisas, no te confundas. Lo sé de sobra y aún tengo miedo. No hay por qué, ya te acostumbrarás, con suerte lo superas. Entonces ¿deberé llenar la pileta de la fuente y echar dos metros más a la barda? Valóralo y en la próxima comentamos. Para eso no tengo aliento. Uno debe enfrentar y resolver estas cosas solo; nadie puede hacer algo al respecto. Tú sabes cómo, ayúdame, o de lo contrario… Lo siento, ya nada se puede hacer; los escucho.
No hubo próxima; sintió terror; leyó la hoja; se le dibujó una sonrisa nerviosa. No temas, pasará pronto y de algún modo podrías ser feliz, yo me regreso, y chocaron las palmas; saludo de cuates. Y se escapó. Y Julio no halló más remedio que sentarse a esperar a la orilla de la fuente.
18 de mayo de 2014

CALLADA Y QUIETA


Por Nidya Areli Díaz 

Hospital
Alias Torlonio
¡Uiiiiiuuu-uiiiiiuuu!, ¡uiiiiiuuu-uiiiiiuuu! Edelmira miraba los labios entreabiertos y rememoraba. ¡Tienes los dientes feos, de tiburón! ¡Estás gorda como ballena! ¡Jajaja! ¡Como puerca ballena!.. No debe ser tan grave cuando los tengo todos. Él perdió una muela por una caries mal cuidada y un incisivo por andar de peleonero. Las luces entremezcladas daban la impresión de sueño. Allá, de niña, las cosas siempre habían ido muy mal con su papá. ¡Eres puta y reputa!, le decía él a la madre mientras esta se quedaba callada y quieta. ¡Pobre diabla!, pensaba ella, ¡Yo nunca voy a ser tan tonta! Escucho aquí en mi cabeza como martilleos de muebles que se mueven y la escoba que choca contra las cosas que estorban. Luego él la había enamorado. Él con sus palabras toscas, con sus abrazos groseros, con sus ademanes simpáticos y su manera campechana de hablarle. Él que, aun teniendo ya una familia, no dejaba de ser guapo y encantador. Las contusiones múltiples daban indicio de severas heridas internas.

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