25 de septiembre de 2014
ARTE
Por Zaid Carreño
I
Había estrellas de cine, de rock, pintores,
escultores, escritores, prostitutas, bebedores, hombres, mujeres, niños y un
capitán de barco. Esperaban la presentación del cuadro: El Apocalipsis.
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| Sol Olvin Rivera |
Se escuchaban de la obra comentarios positivos.
Alguno lo había visto y mencionaba un punto sobre el lienzo; una mancha de no
más de un centímetro de diámetro dibujada al centro. El tamaño de la pintura
era de 3 x 1 metros. Todo negro, a excepción del minúsculo planeta pintado en blanco.
El mismo Alguno decía que si se veía desde lejos, el cuerpo luminoso desaparecía,
siendo esta una de las posibles intenciones del artista.
Ir caminando hacia atrás y observar cómo el monstruo
negro devora el círculo brillante, logrando aterrar al que mira. Solo es cosa
de tiempo, quien se echa hacia atrás más rápido ve el fin del mundo
apresurarse; El Apocalipsis.
No se recomienda a cualquiera esta interpretación,
la experiencia exige, del que habrá de realizarla, un total equilibrio.
II
(Capítulo basado en “El Fantasma Accidental” de
William S. Burroughs)
El capitán del barco había conseguido encandilar a
un bebedor y a una prostituta. Les hablaba del lagarto que cambia de color
originario de Libertatia; una especie fantasma. Lo había visto y consideraba,
siendo un gran conocedor del mundo, que las mujeres de la tierra del sol al sur
de Fotisia, en América, pertenecían a esta especie, ya que sus ojos
transmutaban de color; a veces eran azules —del cielo—, otras verdes, luego grises. Este fenómeno era más
común en las mujeres de ojos claros, aquellas que los tenían oscuros solo
presentaban tonalidades varias. Las de ojos claros, estas sí, lograban colores
imposibles: rojo, amarillo, violeta.
Aquel que era hechizado por el lagarto, o una mujer
de sol, adquiría otro color; el verde del miedo, el negro de la ira, el rojo
del sexo. La muerte en ambos casos llegaba después de un año, cuando el color
desprendía la piel del poseído, quedando los órganos expuestos al mundo;
alimento para los buitres que volaban en formación poco común, unos lo hacían
en círculo al centro de otros que describían la órbita del ojo del fin último.
La mejor defensa contra la hipnosis deletérea de
esta mujer-lagarto es la inmovilidad y el silencio, pero siempre, en ese
instante, se debe tener concreta, impresa en la mente, la imagen de la especie.
No difusa, la poca falta de respeto, de veneración, irritará a la
mujer-lagarto, sometiéndonos a su hechizo sin piedad.
Algunos piensan que el habla existe para glorificar
a un Dios. A esta especiediosfantasma se le alaba no pronunciando palabra.
III
También de Alguno se escuchaba que la obra había
sido elaborada por el artista con plena conciencia del centro; de la búsqueda
de este en el cuadro. Diez años se había tardado en encontrar el lugar exacto
para dibujar el punto blanco. Y sí, no está en una esquina, está en el
centro-centro. Para cualquiera, cuando lo observe, resultará obvio. Pero es
verdad, no hay más de un lado que de otro, ni hacia arriba ni hacia abajo. Es perfecto.
IV
Una de las prostitutas, la más senxual y dueña de la
galería, se deslizó por el salón rumbo a la pared de la que colgaba el lienzo
(este estaba tapado por una manta negra brillosa, como tela de impermeable de
guerra —hubiera pensado el capitán del barco—). Avisó que era la tercera llamada. Su voz parecía entrar apretada por
el micrófono, ya que en las bocinas se escuchaba chillante. Anunció que el
artista se encontraba en el recinto, que quizás alguna afortunada había ya
charlado con él y conseguido cita turbulenta. Estas palabras no sorprendieron a
alguien. La mayoría había estado con ella; mujeres y hombres: en la cama de
Frida, en medio de una batalla de Siqueiros, bajo la mirada de un Rembrandt,
sobre una escultura egipcia de la Baja Época, frente a la pose vanidosa de
André Breton fotografiado por Man Ray, en la silla de fierro y tapiz negro
moldeada por las nalgas del artista guardián del museo, en presencia...
Se dispuso a tirar del cordón que habría de recorrer
la tela que cubría la obra. El silencio se fue escurriendo hasta coagularse. La
prostituta y el bebedor que habían escuchado la historia del Capitán, ante lo
desconocido, extremaron precauciones; no solo se anejaron al silencio,
guardaron total inmovilidad y se concentraron en el cuadro.
Los rumores que había generado Alguno tenían al
auditorio expectante. Las mujeres y los niños abandonaron el barco; se estaba
anegando de aprensiones. Un hombre quemó el coágulo irritando a los
interesados; el vaso se rompió en pedazos varios. Esto detuvo por un instante
el movimiento de la mano que sostenía el cordón umbilical de la creación.
Siguió alimentando a la obra, aún no aparecía el punto; El Apocalipsis. Otros hombres se precipitaron al mar, saltaron sin
salvavidas ya apresados por el pánico. Prostitutas resbalaron por el casco
hundiendo uñas y dientes, clamando por un último orgasmo. Bebedores se ahogaron
en el whisky, luego soltaron la barra y cayeron por la borda hacia un viaje
interminable.
Los que se quedaron formaron un frente. La mano
seguía ejecutando su tarea terrible. En cualquier momento se presentaría. El
negro en el cuadro ya se mostraba grosero; poderoso.
Avanzaba la cortina y se acercaban los presentes, en
un baile sincronizado. El personal ganaba dos pasos a la acción de la mano. “...
y observar como el monstruo negro devora el cuerpo brillante, logrando aterrar
al que mira...quien camina más rápido hacia atrás ve el fin del mundo
apresurarse...”.
Seguían adelante, acercándose cada vez más a la
pintura, temerosos de las consecuencias probables de ir hacia atrás, dudosos de
su capacidad de equilibrio. Por fin apareció el cuerpo brillante. Se iluminaron
las caras, las expresiones de asombro no esperaron; el júbilo desmesurado, las
impresiones en torno al cuadro, las hipótesis respecto a su significado.
La tranquilidad hipócrita volvió, como volvió la voz
para alabar. Pedían al artista. —¿Dónde está el maestro?— Decían.
Alguno los observa maravillado en la lejanía;
disfruta su obra. —Desde aquí
puedo ver El Apocalipsis— les grita. Comienza a andar hacia atrás, hacia el
último rincón del museo...
Categoría:Literatura,Narrativa,Olvin Rivera,Relato,Sol,Zaid Carreño
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